No suele ocupar las vitrinas de los supermercados ni forma parte habitual de los menús diarios. El tarwi, una leguminosa andina rica en proteínas y minerales, sobrevive en algunos mercados tradicionales y ferias locales, mientras distintas iniciativas buscan devolverle el protagonismo que alguna vez tuvo en la alimentación de los Andes.
Uno de esos esfuerzos por devolver el tarwi a nuestras mesas llegará este miércoles 17 de junio al Museo Nacional de Etnografía y Folklore (Musef), ubicado en la calle Ingavi esquina Jenaro Sanjinés, de la ciudad de La Paz. Desde las 10.30, la Red K-motes del Tarwi participará en la Feria de Sabores y Texturas de Nuestros Territorios.
Entre los principales atractivos de la actividad estará la degustación de leche de tarwi preparada con una licuadora impulsada por pedales de bicicleta, una propuesta que busca acercar nuevas formas de consumo de esta leguminosa a públicos que pocas veces la incorporan a su dieta.
La feria también reunirá a productores y artesanos que ofrecerán miel pura, huevos criollos, cremas, champús naturales y otros productos elaborados por comunidades locales, en un espacio destinado a fortalecer los vínculos entre consumidores y productores.


La iniciativa cobra relevancia porque el tarwi carga una larga historia en los Andes. Conocido científicamente como Lupinus mutabilis Sweet, fue domesticado por las culturas ancestrales mucho antes de la llegada de los españoles.
Bolivia, Perú y Ecuador concentran la mayor diversidad genética de esta especie, considerada una de las más nutritivas de la región, de acuerdo con la Fundación para la Promoción e Investigación de Productos Andinos (Proinpa).
La misma institución señala que durante la época colonial el alimento perdió espacio frente a cultivos introducidos como el haba y la arveja, que resultaban más fáciles de consumir por no presentar el característico sabor amargo de esta leguminosa.

Con el paso de los años, su presencia en la alimentación cotidiana disminuyó y quedó relegada a espacios específicos de comercialización. Aunque todavía puede encontrarse en algunos mercados de La Paz y Cochabamba, donde se vende como mote o forma parte de preparaciones tradicionales, su consumo continúa siendo reducido.
Datos citados por el Movimiento de Integración Gastronómico Alimentario señalan que en Bolivia apenas alcanza un promedio de 100 gramos por persona al año, una cifra muy inferior a los cuatro kilogramos registrados en Ecuador y los dos kilogramos consumidos en Perú.
El contraste resulta llamativo si se consideran sus propiedades nutricionales. Estudios realizados en los tres países atribuyen al tarwi un contenido proteico cercano al 40%, además de fibra, minerales y ácidos grasos no saturados. Estas características han llevado a que muchos especialistas lo consideren uno de los alimentos con mayor potencial dentro de la agricultura andina.
Por eso, para quienes impulsan su revalorización, una feria no solo representa un espacio de venta o degustación. También constituye una oportunidad para que un alimento que acompañó a las culturas andinas durante siglos vuelva a encontrar un lugar en la mesa de los bolivianos.
