Oruro, Bolivia. 20 de abril de 2019
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A propósito de la Antropología Médica:

Enfermedades de Filiación Cultural: El Antojo

Hospital de Llallagua, donde debía ser internada por la supuesta “apendicitis”.

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Especial para EL FULGOR.com
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date_range 10 de febrero de 2019

La antropología médica es tan antigua como la misma medicina y enfermedad, por ello su participación es profunda y rescata los saberes populares, ancestrales y fitoterapéuticos para las sociedades dentro el desarrollo capitalista de la salud.

Según el Diccionario de Antropología de Thomas Barfield (2000:85): “Los grupos humanos responden de manera diferente a la enfermedad, de acuerdo con: la estructura social, sistema de valores, relaciones sociales, grado de adaptación a su entorno, su cultura, etc., la cultura es la teoría definitoria de la enfermedad y de los medios necesarios para cambiarlos. Definir y tipificar qué es la salud y la enfermedad: de ahí la relatividad cultural de la atención biológica. Cada cultura crea su propio contexto terapéutico y elabora soluciones para resolver los problemas de la salud…”

Las enfermedades de filiación cultural, en el vocablo popular, se refieren a aquellas enfermedades que no son de comprensión, ni competencia de la medicina occidental, en nuestra cultura andina existen diversos tipos de médicos que diagnostican, plantean medidas preventivas y métodos curativos, así como los: Yatiris, Samcaquiri, Aysiri, Sayiri, Turkiri, Akulliris, Kallawaya, Jampiri, Qaqori, Parteras, Thaliri, que son médicos andinos, que tratan estas enfermedades de filiación cultural. (Gerardo Fernández, 1999:125-128).

La Antropóloga Nélida Ferrufino Luzcubir al respecto nos explica: “la medicina tradicional nació con la primera enfermedad del hombre neandertal: hasta nuestros días existe evidencias arqueológicas y estudios antropológicos que muestran residuos de plantas y hierbas en la cerámica primitiva como evidencia que formó parte de las tradiciones e identidad cultural de nuestros antepasados y esas enseñanzas fueron transmitidas de generación tras generación hasta nuestros días, en nuestra cultura Andina los naturistas son muy requeridos para todo tipo de sanación y en otras culturas se está poniendo gran énfasis en el desarrollo de técnicas para curar enfermedades como la depresión, ansiedad y otros mediante la meditación y masajes, el yoga que hoy se ha puesto de moda”

En nuestro contexto existen enfermedades que no pueden ser curadas por el médico especialista como es el caso del susto, el antojo, el amartelo, mal de ojo y otros, nos señala nuestra entrevistada pero nuestras abuelas si tenían gran conocimiento para el tratamiento de estas enfermedades que pueden llegar a cobrar hasta la vida de un ser humano: “yo recuerdo dos pasajes que marcaron mi vida y dan testimonio acerca de la enfermedad del Antojo: mi madre se dedicaba a la venta de verduras y frutas, un día trajo mucha fruta para que vendamos: chirimoyas, pacay, maní y otras , mi papá me daba la misión de ir a comprar periódicos de Llallagua (vivíamos en un campamento minero y yo era muy pequeña, tenía alrededor de 6 años) y en ese trajín al pasar por el mercado yo vi a un niño hacer berrinche, su mama le ofrecía fruta, le  daba en su boca pero él rechazaba y solo atinaba a comer galletas; yo veía ese berrinche y creía que era muy afortunado ya que mi madre era muy estricta y nunca hubiera permitido semejante espectáculo y nosotros nunca habríamos rechazado nada, yo en su lugar hubiera comido toda la fruta; al subir a mi casa, entré a la casa de mi bisabuela, ella tenía en su cocina tostado de trigo, conocido también como pito, el ch’uspillo  ella sabía tostarlo con grasa de cerdo una delicia para mí, muy cariñosamente le saludaba y ella me preguntaba por mi papá y la familia, mientras hablábamos ella preparaba en  un pedazo de tocuyo el tostado para mi familia, me decía que abriera mi chompita y me daba una porción para el camino siempre me despedía con alegría de mi bisabuela, ya estando en la casa entregando el periódico a mi papá, me sentía desganada, mi mamá decía en ese entonces que me dio “aire” o que me había “antojado” algo; ese momento me preparó un sabroso batido de leche, pero lo vomité inmediatamente, me ofreció fruta pero de igual manera no quería nada, estaba muy mal, no recuerdo qué ocurrió ese día pero mi papá estaba en casa (algo que no era común) él muy apenado me suplicaba y me preguntaba qué quería, me ofrecía un racimo de uvas, mi hermana mayor había comprado salteñas, mi hermana menor me decía si quería leche condensada con pan, nadie podía consolarme, yo lloraba, estaba muy débil y recordé lo que vi en el mercado y le conté a mi papá le dije que quería una fruta que era de color negro y que tenía pepitas en su interior, mi mamá no sabía qué era, así que me trajo tomates partidos por la  mitad, mi papá me preguntaba cómo se llamaba esa fruta y yo solo le dije que era “Hugo” mi papá no entendía cuál era la fruta que llevaba ese nombre de persona y mi mamá tras recordar todas las frutas que vendía me dijo: HIGO DIRAS PUES!, mi mama consiguió este manjar y lo deleité con las pocas fuerzas que me quedaban, después de unas horas volví a ser la misma de antes”.

Lo que queda de la Estación de Llallagua, donde las comideras vendían exquisitos platos que casi llegan a cobrar mi vida por Antojo (Nélida Ferrufino Luzcubir)


En otra ocasión cuando fui a la pulpería había una señora: Doña Hilda (K’ochala) que preparaba exquisitos platos como: enrollado, chicharrón y fricasé, un sábado cuando fui a recoger pan y al retornar a mi casa aproximadamente a las 11:00 am veía como la gente se servía los platos, me llamó mucho la atención de su enorme bañador con carnes, chuño y su caldo rojo (era un suculento Fricasé), en ese momento no sabía el nombre de ese plato ya que era muy pequeña aún, menos los ingredientes que llevaba; mi mamá en casa había preparado una deliciosa sopa de maní que tanto le gustaba a mi papá, comí algo desganada, me daba vueltas la cabeza, solo recuerdo que me fui  a dormir, en ese instante no pensé en nada, no tenía ganas de nada, solo despertar y vomitar, mi mama me dijo si nuevamente me “asusté” o si es que me había “antojado” algo, yo era la más enfermiza de la familia, siempre andaba con mis antojos y los vómitos, la paciencia que tuvo mi mami (pese a ser una mujer tan estricta) hizo que hoy esté todavía contando estas anécdotas de mi triste infancia: la “mala noche” que hice pasar a toda la familia le obligó a mi mama a llevarme después de un día y medio al Hospital donde el galeno la rechazó ya que no podía diagnosticarme ninguna enfermedad y según él me encontraba en perfecto estado de salud, yo me sentí soñolienta, bajé de peso, los vómitos eran muy frecuentes, no había nada que me calmara, mi abuelita Anselma vino con un ahijado que era Yatiri, me llamó mi ánimo con una campanita haciendo mucho ruido, al día siguiente tenía que ser internada en el hospital, dijeron que era posiblemente apendicitis y en el camino, estando cerca del hospital habían muchas vendedoras de comida a mí me cargaron en la espalda del aquel ahijado de mi abuelita y no pudiendo aguantar el mal olor que desprendía aquel campesino que me llevaba, tuve que bajarme y allí pude ver vender esa comida: era el Fricasé que tanto quería probar, recuerdo que le dije a mi mamá que quería comer esa comida, ella me dijo que me iba a caer mal, pero después ella pensando en lo antojadiza que era, recuerdo que dijo: “QUE SEA LO QUE DIOS QUIERA, DIOS ME PERDONA, AUNQUE MUERA LE DARÉ”, ese momento comí como nunca, el hambre de dos días me era compensado, al llegar cargada nuevamente sobre la espalda del ahijado ya me sentía aliviada, volvimos a casa y me fui a dormir, mi abuela estaba muy llorosa sobre la cama, pensando que había pasado a mejor vida, incluso mi mamá se culpaba por no haberme internado ese día en el hospital, cuando desperté todos se alegraron y me consentían en mis gustos y pude ver la emoción de mis papás y mis hermanitos y una vez más volví a ser la misma de antes, ningún médico pudo explicar lo que me había pasado; desde aquel día que fue el más penoso para mi familia mi papá me dijo que si yo quería algo me pidiera ese momento y que mi mamá me de todo lo que yo quisiera(en cuanto a comida), mi mamá me recordaba que anote todo lo que veía, mis hermanas me decían que no debía mirar lo que hacen los demás en fin, toda la familia cuenta hasta hoy estas experiencias de mis antojos y que resultan ser ciertas ya que lo comprobaron con sus hijos y nietos y que con el pasar del tiempo ningún diagnóstico médico puede responder a estas enfermedades.

Un plato Fricasé


La antropología Médica estudia por lo tanto la curación con medicina tradicional, como suma total de conocimientos, técnicas y procedimientos basados en las creencias y las experiencias indígenas de diferentes culturas, sean o no explicables y es conocida como: medicina complementaria alternativa, no convencional, medicina tradicional, medicina popular, medicina primitiva, medicina indígena y medicina natural, no siempre se necesita de medicamentos para curar ciertas enfermedades, por ejemplo nuestros ancestros tenían amplios conocimientos acerca de los masajes y hoy la masoterapia se está poniendo de moda en las grandes ciudades, revalorizar los saberes ancestrales deberían ser nuestra prioridad enfatiza la Antropóloga Orureña.


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