Oruro, Bolivia. 19 de agosto de 2019
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CAPUZ CULTURAL

Y sucedió como hoy, 10 de Febrero de 1781

Plaza Castro y Padilla, antiguamente Plaza del Regocijo, escenario del enfrentamiento

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El FULGOR.com
location_city Oruro, Bolivia
date_range 10 de febrero de 2019

Hace más de doscientos años, un sábado 10 de febrero del lejano 1781, la Villa de Oruro había amanecido convulsionada. El día anterior, el corregidor Ramón de Urrutia, había convocado a las milicias bajo el tañido de la campana grande. Pero por las diferencias con el partido criollo, tomaron la decisión de poner bajo llave a criollos y mestizos. Provocó que sus mujeres difundieran la “especie” que sus vidas estaban en peligro.

Un mes antes, la Villa recibió la noticia trágica del asesinato del corregidor Manuel de la Bodega cuando pretendía cobrar el tributo y aplicar el reparto en Challapata, población de su jurisdicción. Sin embargo, los indígenas cercaron la Villa y luego de que su reducida fuerza se rindiera, ordenaron a su esclavo negro a que lo degollara. Los indígenas, cansados de estas medidas que solo provocaban exacciones forzosas a sus comunidades, decidieron tomar medidas violentas contra los españoles de las diferentes poblaciones, amenazando a la Villa de Oruro.

El corregidor, al no tener una fuerza militar permanente, se reforzaba con la presencia de ciudadanos conformando las milicias armadas, a las que se les confería la misión de resguardar la seguridad de la Villa. Por ello, que la noche del viernes 9 de febrero, no se les dio armas a los criollos y mestizos, pues el Corregidor consideró peligroso porque osarían tomar a nombre de su partido los principales cargos de la villa.

Luego que las milicias fueron soltadas para continuar sus labores cotidianas, criollos y mestizos se acercaron a la casa del que fuera Teniente Coronel de las Milicias, el criollo Jacinto Rodríguez, quien a muy temprana hora ese día, los recibió con ropa de dormir. Expresaron su preocupación del día anterior, en que el Corregidor había preferido cerrar bajo llave a las milicias de estos dos grupos sociales y entregar armas solo a españoles y negros. Jacinto Rodríguez, recibió con mucha atención este reclamo y prometió hablar con el Corregidor Ramón de Urrutia para que evite esta medida que no tenía sentido.

Las calles en la villa esa mañana se encontraron desiertas, pocos negocios decidieron abrir sus puertas, pues el temor de que los indígenas invadiesen la villa era latente, y además, un enfrentamiento entre los dos partidos era lo que más provocaba susceptibilidad.

En la Plaza del Regocijo, se había armado tablones para las corridas de toros, que fueron adaptadas para armar una especie de barricadas. En la esquina de la Iglesia de la Compañía, se encontraba guarneciéndola una parte de la Milicia de Clemente Menacho.

Custodia del Santísimo Sacramento de la Iglesia de la Merced que salió el 10 de febrero en procesión


Por la tarde, los curas mercedarios, decidieron sacar el Santísimo Sacramento en procesión, pensando que la invocación de este Sagrado símbolo la población se calmaría en sus ánimos y dejaría los pensamientos violentos ante un inminente enfrentamiento. La improvisada procesión salió por la puerta que daba al Cementerio de la Iglesia del Cementerio de la Merced hacia la Plaza del Regocijo; nadie acompañó. Los curas tuvieron que volver a entrar al Templo sin feligreses que los acompañasen.

En la tarde, a las cinco, se tocó la campana de la Torre Grande de la vieja iglesia de la Vicaría, pero solo los españoles y negros acudieron al llamado; la fuerza era menor y ante un enfrentamiento, la Villa se encontraría sin defensa. El Corregidor, imploró arrodillándose ante el peligro de no concentrar las Milicias y el enfrentamiento a los indígenas, que hasta ese momento se encontrarían cerca.

Sin embargo, en el Conchupata grande, se escuchó los pututus, los españoles se asustaron, y Santelices disparó los cañones hacia el cerro. Los negros y españoles decidieron ponerse a buen recaudo buscando refugio en una casa bastante grande ubicada en la Plaza del Regocijo.

No eran los indígenas, eran los criollos y mestizos que intimidaron a los españoles y negros. Hasta esa hora, Jacinto Rodríguez, que prometió interceder con el Corregidor, no se encontraba en la Villa. Después del almuerzo, ensilló su mula se dirigió hacia el Socavón de la Virgen, puso una vela en la ermita y se retiró a su mina llamada de Todos Santos en el Cerro Rubiales. Se ausentaría ese memorable día.

Uno de los españoles se topó con la guardia de Menacho en la esquina de la Compañía, empujó a alguno de sus guardias y esto provocó la alteración de los criollos, lo siguieron hasta la casa de  Endeiza y allí comenzó el asedio de aquel día.

Cuadro que rememora los movimientos de febrero de 1781


En la noche, multitud de criollos y mestizos decidieron atacar la casa que refugiaba a los españoles y negros; se lanzaron piedras, antorchas de fuego en el techo, pero la casa era inexpugnable. Una ventana se abrió y se escuchó un disparo de un viejo trabuco, matando a alguno de la multitud. Enardecida la turba, acopiaron chipas de ají en la puerta de la casa que daba a la plaza y el humo picante inundó la casa provocando que las ventanas fueran abiertas para que sus ocasionales habitantes buscaran un respiro.

Fueron blanco perfecto de hondas y disparos de la multitud que los esperaba, el enfrentamiento duró casi toda la noche y parte de la madrugada, con el resultado de que todos los españoles y negros fueron asesinados por la multitud criminal que al final tiró los cuerpos hacia la plaza del Regocijo, mostrando un horrible espectáculo.

El domingo amaneció con la casa incendiada y los cuerpos expuestos, la multitud buscó a Rodríguez que había llegado esa mañana y fue convocado al edificio del Cabildo para proclamarlo Corregidor por el Vicario de la Villa Gabriel Menéndez. Eso fue lo que sucedió aquella noche del 10 de febrero de 1781.

¿Qué paso con los indígenas?, ¿Qué pasó con Sebastián Pagador y los otros personajes como Juan de Dios Rodríguez? pues es parte de otra historia que continúa los siguientes días y de los cuales compartiremos en otra edición, pues es una larga historia cuyas consecuencias se vivieron hasta los primeros años del siglo XIX.


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