Oruro, Bolivia. 19 de agosto de 2019
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CAPUZ CULTURAL

La “Vela” de Murillo

Retrato de Murillo

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El FULGOR.com
location_city Oruro, Bolivia
date_range 20 de enero de 2019

En el número 18 de nuestra Revista “Historias de Oruro”, homenaje a La Paz, publicamos un artículo dedicado a reivindicar la investigación de Ismael Sotomayor, quien hace muchos años publicó un libro titulado “Añejerías Paceñas”, que contiene relatos inspirados en fuentes primarias documentales que atesoraba en sus archivos.

Lamentablemente todo ese bagaje de documentos se extravió, pero quedó por lo menos uno de sus libros del que hicimos mención. Publicó inicialmente a manera de crónicas en un periódico localista de la ciudad de La Paz en el año de 1929. Una de esas, se llamó “Los puntos sobre las íes”, que nos transporta a los últimos momentos de don Pedro Domingo Murillo de aquél 29 de enero de 1810, fecha en que fueron ajusticiados a las once de la mañana luego de ser llevado a la Cárcel del antiguo Cabildo conocido de “Las Cajas” compartiendo en sus calabozos Melchor Jiménez, Gregorio Lanza, Mariano Graneros, Juan Bautista Sagárnaga, Ventura Bueno y nuestro paisano orureño Apolinar Jaén.

Se conoce por cultura popular y por la difusión de un autor cochabambino Muñoz Cabrera en 1867 que lanzó al mundo su épico mensaje: “La tea que dejo encendida, nadie la podrá apagar”.

Sin embargo, volviendo al artículo de Ismael Sotomayor, para desmentir esta famosa proclama lanzada a mediados de siglo XIX con el fin de relievar la personalidad del protomártir y líder del levantamiento del 16 de julio en La Paz, invitamos a tan ilustre ciudadano paceño citándolo de manera textual en la obra ya mencionada: “Cuando Murillo vino conducido preso a esta ciudad, desde Zongo, después de la derrota, estuvo en la cárcel pública, entonces en el local que andando el tiempo sirvió de Notaría de Minas, situado hoy frente al Departamento Central de Policía de Seguridad. Devoto como era, solicitó que su mujer le llevase allí, una imagen del taumaturgo San Antonio, insinuación que no requirió mayores trámites para serle satisfecha.- Murillo, cada vez que podía le rezaba al santo cualquier cosa a fin de que le hiciera el milagro de libertarle  de la prisión, pero el de Padua se hizo sordo. Llegó el 29 de enero de 1810, don Pedro Domingo Murillo debía marchar al sacrificio; entonces, llamó a los suyos, en cuya presencia encendió una vela de cebo al santo de su devoción, oró contrito unos segundo s después les indicó insinuativamente, diciéndoles: ‘Esta velita que dejo encendida para San Antonio no me la han de apagar, porque es mi última ofrenda’. Y salió de la prisión para encaminarse pronto al martirio”.

Como verán, la historia se construye en base a mitos, y uno de ellos es la famosa frase que no viene a ser otra cosa más que la última voluntad del condenado, exagerado por cronistas del siglo XIX y popularizado en los textos escolares.

Como otro dato más, don Pedro Domingo Murillo, cambió de nombre, aparentemente por algún problema judicial al ser acusado de falsificar su título de abogado; anteriormente se llamaba Pedro Francisco Murillo.

Cuadro del Museo Murillo por el artista Olivares fechado en Oruro


Por ironías del destino, se encuentra en Oruro el único retrato fiel del “protomártir” de una serie de cuadros sobre este personaje; uno de ellos se encuentra en el museo de la calle Jaén, demostrando en la esquina inferior derecha el rótulo de “Oruro, 1900”, mandados a pintar por Manuel Murillo Dorado al artista Manuel Florentino Olivares a finales del siglo XIX, entre los que se cuenta el retrato “hablado” del personaje, pues el único que lo conoció en esos días Francisco Murillo orientó sobre los verdaderos rasgos de Murillo. El museo de la calle Jaen ostenta uno de ellos y nos grafica los últimos momentos en la pose clásica a momento de lanzar la apócrifa frase, y la historia de la “Tea” no es más que una vela.

Sobre la historia de la proclama, que se demostró no ser verdadera, nos ocupamos en otro espacio.


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