Oruro, 20 de enero de 2018
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Cataluña: ¿El inicio de otro Big Bang europeo?

Cataluña: ¿El inicio de otro Big Bang europeo?

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Doctor en Relaciones Internacionales (UNR), profesor del ISEN, UNVM y UCC, miembro del Grupo de Estudios Euroasiáticos del CARI y de la Cátedra Rusia del IRI-UNLP
date_range 08 de octubre de 2017

Hay situaciones en la que pierden relevancia los finales. Cuando se desencadenan ciertos procesos, como una bola de nieve, precipitan otros y más aún, por lo que cuál es, dónde y quiénes llegan a la línea de llegada pierde interés. El problema es previo: se fue gestando, se fue incubando, se fue moldeando, hubo actores que lo detonaron, hubo errores, apresuramientos, contradicciones, consecuencias no deseadas. Asimismo, ya habrá tiempo para elucubrar las causas. Hoy están de moda los cisnes negros pero estos siempre ocurrieron, la vida está llena de ellos. La historia cambia todos los días.

Ocurre que la academia, conservadora como pocas otras actividades, permanece aferrada a las viejas verdades como temiendo las nuevas. La de Ciencia Política y Relaciones Internacionales no es la excepción. Por eso, con alguna excepción, imbuidas de una nefasta y soberbia pretensión de universalismo miope, no vio venir la caída de la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas (URSS), tampoco el 11S, Al Qaeda, ISIS, la crisis ucraniana, el Brexit, los separatismos, primero, de Europa oriental en los noventa, y los de Escocia y Cataluña hoy. Sí, nada de lo importante que ocurrió en los últimos 26 años.

Si se llena la Plaza Central de Cataluña en Barcelona; si ganó el "sí" abrumador a la nación catalana para su independencia de España; si hubo 800 a 1000 heridos; si se judicializará todo el proceso; si habrá nuevas elecciones tanto en Cataluña como en toda España; si ruedan o no las cabezas de Mariano Rajoy y Carles Puigdemont; si la Unión Europea apoyará a España y lo que quedará de ella; si el País Vasco no demorará en reclamar por lo suyo; si toda Europa eclosionará o si Emmanuel Macron intentará proponer algo para refundarla, es lo de menos. Importa la dinámica del cambio a futuro, su ritmo, su vertiginosidad, pero sobre todo el reconocimiento de que la España de hoy es completamente diferente a la de ayer, que incluso la Unión Europea de hoy es radicalmente diferente ya de la que fue hace apenas una semana, cuando los fundamentalistas europeístas volvían a su autoconvencimiento autista, con los triunfos de Mark Rutte, Emmanuel Macron y Ángela Merkel, como si todo estuviera marchando viento en popa.

Todos sabíamos del enorme enfado de las clases medias europeas por el cínico salvataje a los bancos por parte de los líderes occidentales tras la crisis financiera de 2008-2009, que sepultó las ilusiones de progreso y bienestar de millones de ciudadanos tan de a pie como los catalanes de hoy. Todos conocíamos que la crisis griega fue silenciada con miles de millones de euros, al igual que la de España, Irlanda y Portugal, poniendo al frente de ellas a tecnócratas o políticos complacientes con la troika. Nadie escuchó, nadie se hizo cargo: las consecuencias están a la vista. Los botes ya estaban preparados para escapar del naufragio del gran buque insignia. Faltaban los primeros ocupantes. Una parte del "malestar del bienestar" se canalizó a través de los indignados, Podemos y Syriza, pero la mayor franja encontró en los nacionalismos la puerta abierta a la fuga hacia adelante.

Además, la historia es sabia y brinda reiteradamente sus lecciones. Este es un escenario que se asemeja y mucho al de la vieja URSS, cuando Boris Yeltsin apuraba por derecha a Gorbachov para acelerar el proceso de reformas que desembocaría, por las reacciones y el oportunismo que generó, en la propia caída de todo el sistema. En esa ocasión, hubo media Europa que aplaudió y apoyó de pie ese proceso de fragmentación, disgregación (hasta sangrienta, como fue la de la ex Yugoslavia) y hasta atomización (caso Kosovo en 2008), lo que generó problemas de todo tipo que duran hasta ahora, pero que hoy se espanta masivamente porque cientos de miles de ciudadanos de a pie, ancianos, adultos y no tantos jóvenes, supuestamente "hordas ganadas por la insensatez", plantearon una simple acción de desobediencia civil, no muy diferente de las viejas Cadenas Bálticas o el Foro Cívico de Havel, o la militancia gremial de Solidaridad de Walesa.

Obvio que hay oportunismo en la derecha catalana, reciclada tras los escándalos de corrupción con Jordi Pujol i Soley. Claro que hay manipulación de las masas e intenciones no transparentadas respecto a permanecer en el poder un muy buen tiempo. ¿Pero acaso no las había también en toda la élite poscomunista europeo oriental? Recordemos: en los Kwasniewski de Polonia, en los Iliescu de Rumania, en los Zhelev de Bulgaria, en los Landsbergis y Brazauskas en Lituania y tantos otros. No obstante, aquella vez, Bruselas hizo caso omiso a las reputaciones de ellos, los acogió con los brazos abiertos, los hizo ingresar al selecto club europeo, sin demasiadas condicionalidades y luego Washington los amparó militarmente con la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN). ¿Otra vez el doble rasero se aplica a Cataluña?

Cataluña: ¿El inicio de otro Big Bang europeo?

¿Desde cuándo sorprende que los nacionalismos europeos sean novedosos? Cuando toda la arquitectura de Bruselas, sobre la hipótesis no probada debidamente de que la paz es sólo alcanzable a través de la unión supranacional, se dedicó a acabar con aquellos, soterrarlos —de una manera más sutil que Stalin, claro está— y así poder integrarse, en lugar de reconocerlos como tales, dialogar con ellos y hasta respetarlos dándoles cabida en la institucionalidad europea, que no puede ser sino diversa, como lo es Europa. No esa otra, centralista, homogénea, monolítica, uniforme, definida por y para satisfacer los intereses de Berlín, París y Bruselas.

¿Desde cuándo España —una artificialidad, tanto como su proceso democratizador demasiado pautado— se ufana de imponer orden y respeto estatal cuando ha jugado con malas artes, durante casi 40 años, en nombre de la gobernabilidad de la transición, con todas las comunidades autonómicas, no solamente con las potencialmente separatistas, como Cataluña y el País Vasco? Claro, hoy gobierna Rajoy, cuyo único mérito es haber sido un paciente y obediente empleado de Aznar y de Merkel; un líder mediocre, torpe, insípido, caprichoso, incapaz siquiera de dialogar al interior de su propio partido, el heredero más lejano en el tiempo, pero cabal del franquismo. Entonces es a él al que le explota la granada separatista y no está mal, porque ha hecho todo lo posible, se ha equivocado de las mil formas posibles, como lo hizo Gorbachov en su momento.

Párrafo final para las culpas rusas. Es gracioso, pero mientras un personaje amado por su pueblo y odiado por el Viejo Mundo, en el Kremlin, sonriente, se frota las manos con un posible efecto dominó europeo —lo que no lograron los votos, lo estarían logrando las masas hartas en las calles—, los españoles y más tarde, desde Bruselas y Berlín, como los americanos recientemente, responsabilizarán a los hackers rusos del caos español y de la Unión Europea. En vez de examinar sus responsabilidades, tantas como los años que pasaron, cuando podrían haber actuado de otras formas y con otros mecanismos —mayor dosis de federalismo genuino y diálogo, seguramente, sin tanto clientelismo ni subsidios regionales coyunturales—, encontrarán otra vez al chivo expiatorio perfecto: Rusia.


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