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    ORURO, 30 DE OCTUBRE DE 2020

La humanidad en tiempos de guerra


Maurice Cazorla Murillo
EL FULGOR.com

04 de octubre de 2020

timer 8 min. 28 seg.





Subtenientes Luís Reynolds y Roberto Ramallo

Como todos sabemos, la batalla de Boquerón se extendió por 23 días en el mes de septiembre del lejano año de 1932. Un puñado de hombres comandados por el Teniente Coronel Manuel Marzana, resistían el cerco operado por las tropas paraguayas que intentaban retomar el fortín que fue arrebatado a los paraguayos por segunda vez el 31 de julio. La primera vez sería en diciembre de 1928 como represalia en el conflicto de Fortín Vanguardia.

Como dijo un diario argentino:“En Boquerón están escribiendo unos pocos soldados la más bella página del heroísmo americano”. Los violentos y sangrientos enfrentamientos cegaron la vida de jóvenes cadetes paraguayos de la Escuela Militar de Asunción, del mayor Basilio Orefiev Serebriakov, el Cadete Carlos Sisa; Capitán Víctor Ustariz, Tomás Manchego, Luis Reynolds Eguía, Luis Rivero Sánchez, y otros que cayeron en el puesto del deber defendiendo y luchando por su propia bandera y alcanzando la inmortalidad.

Sin embargo, entre aquellos enfrentamientos nos topamos con actos humanos que sobresalen a las circunstancias violentas de una batalla que sobrepasan el absoluto sentimiento humano de la compasión e incluso axiológicamente el valor de la amistad. Para ello nos referiremos a los testimonios publicados por los propios protagonistas que comparten estos episodios imbuidos de gloria.

El primero de ellos, es el referido al capitán Tomas Manchego Figueroa, para ello recurrimos al testimonio de uno de los servidores de una ametralladora en el puesto bautizado como “Punta Brava”: Alberto Saavedra Peláez. Nos cuenta, que el día que la Escuela Militar de Asunción había iniciado su ataque, muchos de los jóvenes cadetes quedaron tendidos en el suelo inertes, víctimas del certero tiro de “Punta Brava”. 

Cesado el fuego, notaron que alguien se movía, se le avisó a Sainz, quien ordenó que tres soldados salieran a recogerlo. Entre ellos estuvo Alberto Saavedra, advirtiendo a los paraguayos o “pilas” que irían a recoger un herido suyo, por el uniforme verde olivo que tenía el cuerpo. Arrastraron con una manta al herido hasta la trinchera, pudieron advertir que era un hombre alto y llevaba colán sin botas. 

Capitán Fernando Velásquez

Manchego, se acercó y se sorprendió al reconocer al “Pila”, pues recordó que cuando se produjo el hecho de fortín “Vanguardia” en 1928 este oficial que lo identificó como Fernando Velásquez, los había tratado con mucha consideración a los prisioneros. Manchego, con toda actitud de compasión tomó un pañuelo de su bolsillo y le limpió la herida que tenía en la frente, sin encontrar el orificio de salida. Pese la escasez de agua, ordenó que se quite el agua del tubo de refrigeración de la ametralladora para darle a beber al paraguayo que logró recuperar el conocimiento alcanzando a reconocer a Manchego quien se acercó a escuchar algo que le dijo a su oído, que provocó que lagrimee un poco.

Capitán Tomás Manchego

Quiso sacarse el anillo, pero Manchego le pidió que se tranquilice y que se iba a recuperar, luego se lo llevaron al galpón de sanidad en el fortín para su recuperación. Velázquez fue comandante del Regimiento Curupayti que atacaba el sector de “Punta Brava”. Pasaron los días de intenso combate, el Capitán Manchego, había caído herido por una carcaza de mortero que le llegó a la cabeza, quitándole el habla y la paralización de todo el cuerpo. Posteriormente se conocería el deceso de Manchego. Su amigo paraguayo Velázquez, había fallecido poco después, lo que quiso el destino fue que ambos se encuentran enterrados juntos en el cementerio del Fortín y como reza la actual lápida: “en esta tumba yacen dos soldados unidos en amistad por encima de la guerra”.

Otro hecho que nos permite apreciar la solidaridad, nos refiere en su testimonio el teniente Alberto Taborga. Una de las incursiones en el campo de nadie, los sitiados se ocupaban de buscar agua en las caramañolas de los paraguayos caídos y algo de comer de sus morrales, un soldado de Huanuni se dedicó a ultimar a los heridos. Taborga tiene que acudir para impedir tan horrenda acción, se da cuenta que entre los caídos hay un herido que es testigo de la escena. Taborga se acerca y se da cuenta que es un cadete, apenas un adolescente y está herido. Taborga le moja la cabeza con su propia caramañola y le pide que en la noche grite a sus camilleros para que se lo lleven, era difícil atender heridos del otro bando por las limitaciones en el fortín que ya carecía de lo esencial. 

Antigua tumba de  Velásquez y Manchego antes de ser reemplazada por una lapida

El cadete le pregunta su nombre y Taborga le responde preguntando también por el suyo: “Cadete, Dionisio Barreiro”, responde. Le pide no revelar nada de lo que vio; “no diré nada, mi teniente”, le responde. En la noche Barreiro llama a sus camilleros, los dejan acercarse y llevárselo. A momento que los paraguayos toman el fortín, oficiales y tropa son tomados prisioneros, entre ellos Alberto Taborga que en Isla Poí es convocado por el Doctor Recalde, cirujano mayor del Ejército Paraguayo, le solicita lo acompañe en el hospital para mostrarle en una cama a un herido: “Teniente, ¿reconoce a este cadete?”, “No”, responde Taborga, “Es el cadete Dionisio Barreiro, a quien usted curó y permitió le recogieran nuestros camilleros de un asalto. 

El ejército Paraguayo se complace en reconocer que los oficiales bolivianos son generosos y humanitarios en la guerra. El cadete Barreiro ha solicitado sea usted atendido junto a él en el mismo hospital. Puede permanecer a su lado”.

El último hecho, se desarrolla el 26 de septiembre, una de las jornadas más violentas que enfrentó en el fortín Boquerón que al final los paraguayos no lograron retomarlo, provocó muchas bajas en ambos frentes. Aquella jornada, los paraguayos habían preparado un ataque, en el sector Norte del fortín, cadetes de la Escuela Militar de Asunción asaltaron la trinchera del Teniente Luis Reynolds Eguía, quien fue acuchillado en la garganta, los soldados de su puesto también fueron asesinados. 

Marzana ordenó a su ayudante Alberto Taborga que reúna cincuenta hombres convocando a los camilleros, heridos y enfermos para retomar el puesto de Reynolds. Se ocupó de la orden el Capitán Luis Rivero Sánchez logrando contraatacar en la misma zanja, pero en esa acción cae muerto, que luego es sustituido por el Subteniente Enrique Barriga que recibe un tiro en el pecho que sale por la espalda, pese a la herida logra desalojar a los pilas hasta la noche. Sin embargo, mientras la trinchera era ocupada por los paraguayos, el cadete Carlos Sisa asiste a un oficial boliviano que está mal herido, en la propia forma de lenguaje criollo le pide “dame agüita, soldado”, Sisa le responde: “soy cadete”,le pasa su caramañola al oficial, mientras le recibía se da cuenta que aun tenía su revólver, Sisa le pide que le entregue el arma; el oficial, trabajosamente le entrega junto a sus anteojos, pero le dice: “tome cadete, mi revolver y estos binóculos y, ahora por favor, máteme, estoy mal herido y no puedo resistir más…”El cadete Sisa se negó a cumplir esta petición, le dio más agua para que beba, y así entre sus brazos, el oficial boliviano expiró. Nosotros suponemos que se trata del Capitán Luis Reynolds Eguía. 

Este mismo había escrito en Yujra una carta a su madre, en la cual terminaba: “consuela a mi viejo, dile que su hijo sabrá vencer o morir…” A momento que los hombres de Rivero tomaban la zanja, el cadete Sisa cruza el alambrado y logra pasarlo parcialmente, donde finalmente es abatido, en el mismo lugar expira el cadete Sisa.

Estos hechos que apenas se destacan entre tantas expresiones de heroísmo, nos demuestran que aquellos soldados en otro tiempo debieron tener otro sentimiento. La guerra nos enseña a odiar al adversario, pero estos pasajes nos muestran que la amistad, la compasión y la solidaridad va más allá de las pretensiones digitadas por los altos mando en los movimientos estratégicos de tomar posiciones. Son de estos hechos que debemos recordar la guerra, si es que algo humano podemos rescatar. Nuestro homenaje a los caídos de ambos países, aquellos que aún están en el campo de batalla con apenas una anónima cruz. 

La guerra es horrible y esperemos no se repita.

Honor y gloria.





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