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    ORURO, 24 DE OCTUBRE DE 2020

Nanawa


Maurice Cazorla Murillo
EL FULGOR.com

05 de julio de 2020

timer 5 min. 3 seg.




Mapa del fortín Nanawa (Fotografías Internet)

Luego de viajar toda la noche, llegamos a un campamento. Es lunes 4 de julio de 1933.

Había carpas de sanidad, y ahí pude reconocer al Doctor David Siles, que siendo nuestro paisano aproveché en saludar. Mientras intercambiamos algunas palabras, escuche música de banda que entonaba sones chuquisaqueños, era el Destacamento 111 que entre sus integrantes estaban alegres bailando entre ellos.

Había mucha expectativa, nos dijeron que debíamos tomar el fortín paraguayo Nanawa, y era el momento “patriótico”. No nos fue bien a principios de año, y esta vez, usaríamos nuevas armas. Me contaron que entre el armamento había una especie de lanza fuego o lanza llamas, realmente debe ser impresionante, gracias a Dios yo tengo mi Mauser y con esta mi arma me batiré a los pilas.

También me sorprendí al ver dos tanques, un arma que veía por primera vez con un “camuflage” propio de fábrica y que se alistaba para esta gran batalla. No me desprendí de mi grupo y en la caminata, alcance a ver otro paisano parado encima la torre de uno de los tanques con los brazos en la cintura era Juan Saavedra, a quien lo llamé por su nombre.

Se bajó en dos saltos y con su tono fuerte e impositivo me dijo “no te vayas a correr, mariconcito”. Le dije que no sería así, y que nos veríamos dentro el fortín. Pasamos por el otro tanque, y vimos a dos “gringos” uno era Lockart y el otro Walter khon, que se hizo célebre por pedir su incorporación al ejército boliviano, pese a ser alemán y conmutar una pena que tenía en la cárcel de La Paz.

La artillería nuestra disparó casi toda la noche, nos colocamos en posición y mis camaradas, muchos de ellos muy jovencitos a quienes reconocí del colegio, abrazaban su arma, todos éramos del “Destacamento Ballón”, mezclados con muchos que venían de los valles de Cochabamba y de Chuquisaca. Mi amigo Juan con quien había salido de Oruro, fue el más entusiasta anoche, pero ahora lo veo con cara de asustado, agarrado de su arma y el rosario que su mamá le puso en sus manos.

Nos formamos con nuestra unidad, y escuchamos la señal de avance que terminó siendo una vibrante explosión, a lo cual todos gritamos “Viva Bolivia”; con toda nuestra fuerza, nos abalanzamos, saliendo de la trinchera que nos ofrecía protección y nos dirigimos en el despejado hacia el fortín, que se veía en su centro con algunos árboles. No se distinguía si era un fortín, pero inmediatamente lo pudimos advertir, comenzaron a llover proyectiles de metralla y fusiles que provocaban que mis camaradas cayeran como moscas a mi lado. Escuchábamos zumbar las balas por nuestra cabeza, no sé en qué momento perdí mi kepi, pero parece que fue por una bala.

Algunos de nosotros corríamos más rápido, otros se iban quedando como si fuera un bulto que caía en el piso y en expresiones grotescas.

Mientras corría, me llegó un proyectil al muslo, fue como si me hubiese picado un mosquito, pero muy caliente; me obligó a arrodillarme. Por un segundo pudo ver aquel horrible espectáculo, el campo con cuerpos tendidos, inertes y muchos de ellos heridos aun con las tripas expuestas llamando a sus seres queridos en medio de una balacera que era difícil esquivar. No pude levantarme, la pierna comenzó a doler y fue cuando cesaron los disparos. La oleada de gente había cesado. Solo escuchábamos “ayes” de dolor. Por más que quisiera no podía levantarme, la pierna me sangraba, logré tomar el Mauser para ayudar mover mi cuerpo rumbo a sanidad, siendo trabajoso el retorno. En el camino, vi a Juan con la frente perforada por un proyectil y la mirada hacia el infinito, no se había desprendido de su rosario. Me puse a llorar, y en ese momento me invadió el recuerdo de la despedida en la estación de Oruro y las lágrimas de nuestras mamacitas que ahora deben estar rezando por nosotros. ¡Cómo le diré a su mamitay, que el Juanito se quedó en el campo de batalla!

Ya no pude seguir, y más tarde sentí que empujaban con un arma, era un camillero, que llamó a su compañero para llevarme hacia la sanidad.

En la noche el Doctor Siles a quien lo vi de nuevo, me consoló y me dijo que no me preocupara, perdí sangre, pero estaba bien. Le conté de Juan, y me dijo que no me preocupara, ya no tenía por qué ser parte de esto ahora.

Era de noche y solo quería descansar y pensar que esto fue una horrible pesadilla, pero no fue así, todo esto me acompañó por el resto de mi vida.

NOTA: Relato inspirado en testimonios de la época, protagonistas de la famosa batalla de Nanawa.

Santiago Pol Belmonte: “4 de julio: La batalla de Nanawa: es considerada como una de las grandes acciones de la guerra del Chaco y de América. En ella se emplearon todas las armas de la técnica moderna: cañones, morteros, ametralladoras

 





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