• close
    ORURO, 09 DE AGOSTO DE 2020

Las dos mujeres contrajeron el virus y enfermaron pero solo una se recuperó

Un par de profesionales de la salud trabajaron en la primera línea del brote del nuevo coronavirus en Wuhan. Ambas tuvieron fiebre y, en cuestión de semanas, estaban en camas de hospital, luchando por sobrevivir.

Por Sui-Lee Wee y Vivian Wang?
NEW YORK TIMES

22 de marzo de 2020

timer 15 min. 1 seg.


De izquierda a derecha: Deng Danjing y la doctora Xia Sisi Credit...The New York Times

Ninguna de las jóvenes madres le dijo a sus hijos que tenían coronavirus. Mamá estaba trabajando duro, dijeron, para salvar a los enfermos.

Pero Deng Danjing y Xia Sisi estaban luchando por sus vidas en los mismos hospitales donde trabajaban, débiles por la fiebre y respirando con trabajo. En cuestión de semanas, habían pasado de ser sanas profesionistas de medicina combatiendo desde la primera línea la epidemia en Wuhan, China, a pacientes de coronavirus en estado crítico.

El mundo todavía lucha para comprender plenamente el nuevo virus, sus síntomas, propagación y fuentes. Para algunos, puede sentirse como un resfriado común. Para otros, es una infección mortal que destroza los pulmones, sobrecarga el sistema inmunitario y destruye incluso a las células sanas. La diferencia entre la vida y la muerte puede depender de la salud del paciente, la edad y el acceso a la atención médica, aunque no siempre.

El virus ha infectado a más de 170.000 personas en todo el mundo. La gran mayoría de los casos han sido leves, con escasos síntomas. Pero la progresión del virus puede ser rápida, al punto de que las probabilidades de supervivencia se desploman. Alrededor de 68.000 personas se han recuperado, mientras que al menos 6.600 han muerto.

Los destinos de Deng y Xia reflejan el carácter imprevisible de un virus que afecta a todo el mundo de forma diferente, a veces desafiando los promedios estadísticos y la investigación científica.

Mientras comenzaba el año nuevo en China, las vidas de las mujeres eran notablemente similares. Ambas tenían 29 años. Las dos estaban casadas, cada una con un hijo pequeño al que adoraban.

Deng, enfermera, trabajó durante tres años en el Hospital No. 7 de Wuhan, en la ciudad donde creció y en la que comenzó la pandemia del coronavirus. Su madre también era enfermera allí y en sus ratos libres veían películas o iban de compras juntas. La actividad favorita de Deng era jugar con sus dos gatitos, Fat Tiger y Little White, el segundo de los cuales había rescatado apenas tres meses antes de caer enferma.

La doctora Xia, gastroenteróloga, también provenía de una familia de profesionales de la medicina. De niña, había acompañado a su madre, enfermera, a trabajar. Comenzó a laborar en el Hospital Unión Jiangbei de Wuhan en 2015 y era la doctora más joven de su departamento. Sus colegas la llamaban “Pequeña Sisi” o “Cariñito”, porque siempre estaba sonriendo. Le encantaba la sopa picante de Sichuan, un platillo famoso por ser un caldo tan picante que entumece los labios.

Cuando un misterioso virus nuevo azotó la ciudad, las mujeres empezaron a trabajar largas jornadas, tratando a la que parecía una interminable avalancha de pacientes. Tomaron precauciones para protegerse. Pero sucumbieron a la infección, el virus altamente contagioso se encontraba en lo más profundo de sus pulmones, lo que les causó fiebre y neumonía. En el hospital, cada una empeoró.

Una mejoró. La otra no.

Síntomas

La aparición del virus y la hospitalización

Los síntomas aparecieron de repente.

Xia había terminado su turno nocturno el 14 de enero cuando le pidieron regresar para atender a un paciente de 76 años que, se sospechaba, tenía coronavirus. A menudo iba a ver cómo seguía.

Cinco días después, comenzó a sentirse mal. Exhausta, tomó una siesta de dos horas en casa, luego verificó su temperatura: era de 38,8 grados Celsius. Sentía presión en el pecho.

Unas semanas más tarde, a principios de febrero, Deng, la enfermera, se preparaba para cenar en la oficina del hospital cuando sintió náuseas al ver los alimentos. Trató de olvidarse de la sensación, creía que solo era cansancio por el trabajo. Pasó el inicio del brote visitando a las familias de los pacientes confirmados y enseñándoles a desinfectar sus casas.

Tras obligarse a comer algo, Deng fue a casa a ducharse y, luego, sintiéndose mareada, tomó una siesta. Cuando despertó, su temperatura era de 37,7 grados Celsius.

La fiebre es el síntoma más común del coronavirus, ya que ha estado presente en casi el 90 por ciento de los pacientes. Aproximadamente una quinta parte de las personas experimenta dificultades para respirar, que a menudo incluyen tos y congestión. Muchos también se sienten fatigados.

Ambas mujeres se apresuraron a ver a un médico. Las radiografías del tórax mostraron daño en sus pulmones, un indicio revelador del coronavirus, que está presente en al menos el 85 por ciento de los pacientes, según un estudio.

En particular, la tomografía computarizada de Deng mostraba lo que se conoce como opacidades en “vidrio esmerilado” en la parte inferior del pulmón derecho, manchas nebulosas que señalaban la presencia de fluido o inflamación alrededor de sus vías respiratorias.

El hospital no tenía espacio, así que Deng se registró en un hotel para evitar contagiar a su esposo y su hija de 5 años. Sudó toda la noche. En algún momento, sintió un tirón en la pantorrilla. Por la mañana, fue internada en el hospital. Le frotaron la garganta para hacer una prueba genética, que confirmó que tenía coronavirus.

Su habitación en un pabellón recién inaugurado para el personal era pequeña; tenía dos camas con un número asignado a cada una. Deng estaba en la cama 28. Su compañera era una colega que también había sido diagnosticada con el virus.

En el Hospital de Jiangbei, a 28 kilómetros de distancia, la doctora Xia batallaba para respirar. La llevaron a un pabellón de aislamiento y la trataron médicos y enfermeras que vestían trajes de protección y gafas de seguridad. La habitación era fría.

Tratamiento

Día uno, comienza la hospitalización

Xia le preguntó a su esposo sobre la posibilidad de dejar la oxigenoterapia pronto. Él respondió con optimismo.

Cuando Deng fue internada en el hospital, trató de mantenerse optimista. Le envió un mensaje a su marido, exhortándolo a usar tapabocas incluso en casa y limpiar todos sus tazones y palillos con agua hirviendo o tirarlos.

Su marido le envió la fotografía de uno de sus gatos en casa. “Esperando a que vuelvas”, decía el pie de foto.

“Creo que será en unos diez o quince días. Cuídate”, le respondió.

No hay cura conocida para el COVID-19, el nombre oficial de la enfermedad causada por el nuevo coronavirus. Por lo tanto, los médicos suelen usar una mezcla de medicamentos, muchos de ellos antivirales, principalmente para aliviar los síntomas.

El médico de Deng recetó una combinación de arbidol, un medicamento antiviral utilizado para tratar la gripe en Rusia y China; Tamiflu, otro medicamento contra la influenza más conocido internacionalmente, y Kaletra, un medicamento para el VIH que se cree que evita que el virus se reproduzca. Deng tomaba alrededor de doce pastillas diarias, además de medicina tradicional china.

A pesar de su optimismo, se sentía más débil. Su madre le llevaba comida casera que dejaba a la entrada del pabellón, pero ella no tenía hambre. Para alimentarla, una enfermera tenía que ir a las 8:30 de la mañana a conectarla a un gotero intravenoso con nutrientes. Otro gotero bombeaba anticuerpos a su torrente sanguíneo, así como otros antivirales.

La doctora Xia también estaba gravemente enferma, pero parecía estar combatiendo la infección poco a poco. Su fiebre desapareció después de unos cuantos días y comenzó a respirar con más facilidad después de que la conectaron a un respirador.

Mejoró su ánimo. El 25 de enero, le dijo a sus colegas que se estaba recuperando.

volveré al equipo pronto”, escribió en un mensaje de texto en WeChat.

A principios de febrero, Xia le preguntó a su esposo, Wu Shilei, también médico, si creía que podría terminar la oxigenoterapia pronto.

“Tómalo con calma. No seas tan impaciente”, le contestó por WeChat. Le dijo que tal vez podrían retirar el respirador la semana próxima.

“Sigo pensando en aliviarme pronto”, respondió Xia.

Había motivos para creer que estaba mejorando. Después de todo, la mayoría de los pacientes se recuperan del coronavirus.

Posteriormente, la prueba del coronavirus de Xia salió negativa en dos ocasiones. Le dijo a su madre que espera que la dieran de alta el 8 de febrero.

Declive

De cuatro a quince días de hospitalización

A los cuatro días de internamiento, Deng ya no podía fingir alegría. Vomitaba, tenía diarrea y escalofríos todo el tiempo.

Su fiebre aumentó a 38,5 grados. La madrugada del 5 de febrero, despertó de un sueño irregular y descubrió que los medicamentos no habían hecho nada para bajar su temperatura. Lloró. Dijo que fue clasificada como paciente crítico.

Al día siguiente, vomitó tres veces, hasta que solo sacaba burbujas blancas. Sintió que estaba alucinando. No podía oler ni saborear y su ritmo cardíaco disminuyó a aproximadamente 50 latidos por minuto.

En una llamada telefónica, la madre de Deng trató de asegurarle que era joven y que por lo demás estaba sana, y que el virus pasaría como un resfriado. Pero Deng temía lo contrario. “Sentí que estaba al borde de la muerte”, escribió en una publicación en las redes sociales desde su cama de hospital al día siguiente.

China establece que un paciente se encuentra en estado crítico cuando presenta insuficiencia respiratoria, convulsiones o falla multiorgánica. Alrededor del cinco por ciento de los pacientes infectados llegaron a estar en estado crítico en China, según uno de los mayores estudios realizados hasta la fecha de los casos de coronavirus. De esos, el 49 por ciento murió (esos índices pueden cambiar una vez que se analicen más casos en todo el mundo).

Aunque la doctora Xia parecía estar recuperándose, todavía la aterraba morir. Las pruebas pueden fallar y un resultado negativo no significa necesariamente que los pacientes se encuentran fuera de peligro.

Ella le pidió a su madre que le prometiera algo: ¿sus padres podrían cuidar de su hijo de 2 años si ella no se recuperaba?

Con la esperanza de disipar su ansiedad con humor, su madre, Jiang Wenyan, la reprendió: “es tu hijo. ¿No quieres criarlo tú?”.

A Xia también le preocupaba su marido. Mediante una conversación por video, lo exhortó a que usara equipo de protección en el hospital donde trabajaba. “Ella dijo que esperaba que regresara a salvo y que volvería a la primera línea tan pronto se recuperara”, dijo él.

Luego, vino la llamada. El estado de Xia se había deteriorado repentinamente. En la madrugada del 7 de febrero, su marido acudió con toda prisa a la sala de emergencias.

El corazón de Xia se había detenido.

Recuperación

Día diecisiete de hospitalización

En la mayoría de los casos, el cuerpo se repara solo. El sistema inmunitario produce anticuerpos suficientes para eliminar el virus y el paciente se recupera.

Al final de la primera semana de Deng en el hospital, su fiebre había cedido. Podía comerse los alimentos que su madre entregaba. El 10 de febrero, mientras su apetito regresaba, miró fotos de brochetas en internet y las publicó, con ilusión, en las redes sociales.

El 15 de febrero, le hicieron una prueba en la garganta que salió negativa para el virus. Tres días después, volvió a salir negativa. Ya podía irse a casa.

Deng se encontró con su madre por un momento en la entrada del hospital. Luego, como Wuhan seguía cerrada, sin taxis ni transporte público, caminó a casa sola.

“Me sentí como un pajarito”, recordó. “Había recuperado la libertad”.

Tuvo que aislarse en casa durante 14 días. Su esposo y su hija se quedaron con sus padres.

En casa, tiró la ropa que había usado durante su tiempo en el hospital.

Desde entonces, Deng ha pasado el tiempo jugando con sus gatos y viendo televisión. Bromea con la idea de una jubilación temprana. Hace ejercicios diarios de respiración profunda para fortalecer sus pulmones y su tos se ha desvanecido.

El gobierno chino ha instado a los pacientes que se recuperan a donar plasma, que los expertos dicen que contiene anticuerpos que podrían utilizarse para tratar a los enfermos. Deng se puso en contacto con un banco de sangre local poco después de llegar a casa.

Planea regresar al trabajo tan pronto como el hospital se lo permita.

“La nación fue la que me salvó”, dijo. “Y creo que puedo poner mi granito de arena en agradecimiento”.

Muerte

Día treinta y cinco de hospitalización

Eran poco después de las 3 de la mañana del 7 de febrero cuando la doctora Xia fue llevada a toda prisa a la unidad de cuidados intensivos. Primero, los doctores la intubaron. Luego, el presidente del hospital convocó desesperado a varios expertos de la ciudad, incluido Peng Zhiyong, jefe del departamento de cuidados críticos del Hospital de Zhongnan.

Llamaron a todos los hospitales en Wuhan para solicitar en préstamo un equipo de oxigenación por membrana extracorpórea (OMEC), una máquina que hace el trabajo de su corazón y pulmones.

El corazón de Xia empezó a latir de nuevo. Pero la infección en sus pulmones era demasiado grave y colapsaron. Su cerebro necesitaba más oxígeno, lo cual ocasionó daños irreversibles. Poco después, sus riñones dejaron de funcionar y los médicos tuvieron que someterla a diálisis las 24 horas.

 “El cerebro funciona como el centro de control. No podía controlar sus demás órganos; por lo que esos órganos fallaron. Era solo cuestión de tiempo”, explicó Peng.

Xia cayó en estado de coma. Murió el 23 de febrero.

Peng sigue sin entender por qué murió Xia después de que parecía que estaba mejorando. Su sistema inmunitario, como el de muchos trabajadores de la salud, pudo haberse visto afectado por la constante exposición a la enfermedad. Tal vez padeció lo que los expertos denominan una “tormenta de citocinas”, en la cual la reacción del sistema inmunitario a un nuevo virus llena los pulmones de glóbulos blancos y fluidos. Quizá murió porque sus órganos se quedaron sin oxígeno.

En casa de Xia, su hijo, Jiabao (cuyo nombre significa tesoro invaluable) todavía piensa que su madre está trabajando. Cuando el teléfono suena, intenta quitárselo a su abuela y dice: “mamá, mamá”.

Su esposo, Wu, no sabe qué decirle a Jiabao. No ha podido hacerse a la idea de la muerte de su esposa. Se conocieron en la facultad de medicina y se enamoraron, ella fue su primer amor. Planeaban envejecer juntos.

“La amaba tanto”, dijo. “Ahora se ha ido. No sé qué hacer ahora. Me toca aguantar”.

Amber Wang colaboró con la investigación.

 





ElFulgor.com © 2016-2019 Oruro, Bolivia