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    ORURO, 30 DE OCTUBRE DE 2020

La crisis global de salud aventaja a los líderes políticos

Los mandatarios de los países más influyentes del mundo prometieron limitar los daños económicos del coronavirus, pero parecen reacios a implementar medidas que puedan hacerlo.


Por Peter S. Goodman


08 de marzo de 2020

timer 9 min. 40 seg.





Una zona turística que suele ser muy visitada en Pekín. El brote de coronavirus ha afectado el comercio y el turismo en China. Credit...Kevin Frayer/Getty Images

LONDRES — La gente que controla el dinero tenía la esperanza de que ocurriera algo mucho más sustancioso. La noticia de que los países más ricos del mundo estaban intentando convocar una respuesta en contra del brote del coronavirus había resonado en todas las economías como el zumbido de los helicópteros cuando llevan ayuda a una zona de desastre.

Sin embargo, la ayuda fue decepcionante. El martes 3 de marzo, cuando terminó la reunión improvisada de los líderes del G7 y concluyeron con tan solo una vaga declaración de solidaridad en lugar de comprometerse a realizar acciones concretas —no hicieron promesas para reducir las tasas de interés o de hacer un gasto gubernamental coordinado—, revelaron una verdad incómoda que motiva los temores sobre el virus: los encargados de implementar políticas públicas, que tienen la tarea de limitar el daño económico del brote, parecieran estar trabajando con el supuesto de que casi no les quedan estrategias.

En Washington, después de la declaración del grupo, la Reserva Federal estadounidense anunció de manera sorpresiva que iba a bajar medio punto porcentual las tasas de interés a corto plazo, un placer momentáneo para los mercados bursátiles. Pero los inversionistas retomaron pronto la venta cuando se dieron cuenta de que el dinero barato es un recurso limitado para combatir la crisis. Los términos más flexibles para pedir préstamos no reiniciarán la producción en las fábricas que les piden a sus trabajadores quedarse en casa para evitar el contagio o la propagación de la enfermedad.

Según los economistas, los gobiernos tienen herramientas que podrían limitar los costos, pero han sido reacios a usarlas. Podrían darles dinero en efectivo a los empleados cuyos lugares de trabajo están cerrados, otorgar créditos a las pequeñas empresas y ofrecer paquetes de rescate a las industrias más afectadas, como las aerolíneas y otras empresas relacionadas con el turismo.

Su poca disposición para poner en marcha estas estrategias parece reflejar una aversión política generalizada a aumentar la deuda pública.

En Estados Unidos, hace dos años, el gobierno de Donald Trump presentó un paquete de reducciones fiscales por 1,5 billones de dólares —sus beneficios iban dirigidos de manera abrumadora a las familias y corporaciones más ricas— y luego comenzó a advertir la necesidad de reducir déficits presupuestarios y cancelar programas que ofrecen atención médica y vivienda a la gente pobre.

En Europa, donde el coronavirus ha renovado las preocupaciones sobre una recesión, la cantidad de deuda que pueden acumular las diecinueve naciones que comparten el euro está restringida.

La crisis ha expuesto el último destello de una verdad consabida en las economías más grandes del mundo: el dinero público con frecuencia se puede usar para recortes fiscales, pero luego desaparece entre una neblina de advertencias sobre los peligros de los déficits mientras se discute el gasto para casi cualquier otra cosa.

“Si no gastas dinero en la gente que no es culpable de no estar trabajando porque hay una clara virtud de salud pública que beneficia a los trabajadores cuando se quedan en casa para que no se propague el virus, entonces en comparación todo lo demás es un desperdicio total”, opinó Adam S. Posen, un exmiembro del comité que fija las tasas en el Banco de Inglaterra y actual presidente del Instituto Peterson de Economía Internacional en Washington.

 “Creemos que siempre estamos gastando de más, pero a final de cuentas solo lo hacemos en asuntos relacionados con los negocios y los grupos de interés con enormes privilegios. Nunca gastamos lo suficiente en el trabajador promedio”.

Al margen de lo que propongan los líderes internacionales, se enfrentan a un círculo vicioso que supera el manual de política económica tradicional.

La amenaza más importante a la economía mundial es que el coronavirus siga expandiéndose. El brote inicial paralizó sectores muy grandes de la industria de la manufactura en China, lo que puso en riesgo la cadena global de suministros de una gran cantidad de bienes, desde autopartes a productos electrónicos. Después, el virus se hizo global, con lo que industrias de Corea del Sur a Japón y de Italia a Alemania fueron afectadas.

Desesperados por frenar el virus, los gobiernos impusieron cuarentenas, alentaron a los trabajadores a quedarse en casa y, en general, asustaron a las personas para que evitaran viajar, ir a restaurantes, exposiciones comerciales y participar en más actividades que los pusieran en riesgo de estar en contacto con otros seres humanos. Todo eso ha causado daños económicos: da señales de una posible recesión global.

Al intentar contener la amenaza a la economía global que significa la propagación del virus, los gobiernos han impuesto políticas que han dañado la economía global.

A pesar del aura mística que parece rodear a sus proyectos, los bancos centrales no tienen ningún poder mágico para tomar un atajo en esta peligrosa situación. Tradicionalmente, los bancos hacen uso de una herramienta potente: su influencia en las tasas de interés a corto plazo.

Cuando las economías tienen problemas y los trabajadores se ven amenazados con quedar cesantes, los bancos centrales fomentan tasas de interés más bajas, lo cual produce un crédito más barato y alienta a los negocios y a la gente a pedir préstamos, a gastar y a invertir. Esta es una estrategia demostrada cuando está en problemas el llamado “lado de la demanda” de la economía: cuando la gente y los negocios pierden el apetito de consumir por el miedo de alguna amenaza o cuando los salarios caen y aumenta el desempleo y esto reduce la capacidad de gasto.

Sin embargo, cuando el problema ataca el lado del suministro —es decir, cuando los negocios tienen dificultades para producir sus bienes porque no pueden conseguir materias primas, no pueden llevar sus productos al mercado o encuentran algún otro impedimento—, la reducción de las tasas de interés suele ser inútil. Es como entregarles cupones a los compradores y enviarlos a una tienda cerrada.

El episodio del coronavirus, visto como un evento económico, presenta una combinación inusual: daña al mismo tiempo tanto al suministro como a la demanda. Limita la producción industrial y genera caos en la cadena de suministro mientras reduce el gasto del consumidor, pues un viaje al centro comercial o un vuelo en avión se sienten como actividades imprudentes.

Al mismo tiempo, los bancos centrales están operando con opciones limitadas debido a que aún están posicionados para luchar en contra de la última gran amenaza: la crisis financiera mundial de 2008. Desde Norteamérica hasta Europa y Asia, los bancos centrales bajaron las tasas de interés a cero e incluso menos en un intento por estimular el comercio.

En muchas economías, los casos de Europa y Japón son notorios, las tasas permanecieron en ese rango. Cuando las tasas están así de bajas —es decir, el crédito es barato para los que lo pidan—, reducirlas más no produce mucho efecto.

“La política monetaria es menos efectiva cuando ya está superrelajada”, comentó Marie Owens Thomsen, economista jefa global de Indosuez Wealth Management en Ginebra. “La teoría económica no nos da una guía de qué pasos seguir”.

La Reserva Federal de Estados Unidos no parece haber actuado por un sueño mal encausado de que las tasas bajas de interés son un antídoto para el contagio económico, sino con la esperanza de alterar la psicología a su alrededor. La reducción de las tasas envía el mensaje de que los adultos están preocupados y nos cuidan.

“El miedo es totalmente capaz de provocar una recesión por sí solo”, comentó Owens Thomsen.

Sin embargo, la psicología tiene impactos distintos. Hay quienes consideran que la medida tomada por la Reserva Federal estadounidense —su primera reducción a las tasas desde la crisis financiera— es una señal de que el problema es peor de lo que se temía.

“Esta maniobra tiene el beneficio de parecer una acción, aunque a primera instancia huele a pánico”, mencionó en un comunicado Jeremy Thomson-Cook, economista jefe en Equals, una firma que administra dinero en Londres. La medida “podría ser contraproducente al dar la impresión de que algo muy negativo está a punto de ocurrir, posiblemente una recesión”.

Durante años, economistas prominentes han advertido que el mundo se ha vuelto adicto a la política monetaria y sus subsecuentes tasas de interés bajas para responder a casi cualquier problema económico. Según esta visión, los gobiernos deben dar rienda suelta al poder de sus presupuestos. Deben superar su aversión a gastar dinero y aumentar los impuestos a los ricos a fin de garantizar los ingresos dedicados a la construcción de más infraestructura y al apuntalamiento de los programas gubernamentales.

Desde hace tiempo, Italia, el epicentro del brote europeo, ha buscado un alivio de las restricciones presupuestarias relacionadas con el uso del euro. Sin embargo, esto ha chocado con la política de Alemania, la economía más grande e influyente del continente, donde un profundo aborrecimiento hacia la deuda ha provocado que el gobierno imponga una austeridad presupuestaria en toda Europa.

Puesto que los miembros del G7 terminaron su reunión con una sola y vaga promesa de actuar cuando fuera necesario, y la Reserva Federal de Estados Unidos presentó la única maniobra política significativa de la principal economía del mundo, algunos arguyeron que el gasto público estaba desatendido, de nuevo.

 









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