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    ORURO, 06 DE JULIO DE 2020

La increíble historia de la millonaria heredera que fue secuestrada y se hizo guerrillera

Descendiente del magnate de los medios, la historia de Patty Hearst revolucionó el mundo. El 4 de febrero de 1974 fue secuestrada y 2 meses después reapareció, ametralladora en mano, en el robo a un banco. Todos quisieron encontrar una explicación a esa transformación. ¿Qué sucedió durante su cautiverio? ¿Por qué cambió? Su caso fue una de las primeras manifestaciones del Síndrome de Estocolmo

Infobae
Matías Bauso

04 de febrero de 2020

timer 11 min. 38 seg.


Patty Patricia era nieta de William Randolph Hearst, magnate de los medios e influyente personaje norteamericano durante medio siglo

Había pasado los últimos días pensando de qué manera iba a festejar su cumpleaños número veinte. En los estudios le iba bien y estaba enamorada de su novio. No conocía lo que eran los problemas económicos. Hasta que de pronto, esa tarde del 4 de febrero de 1974, todo cambió.

Un ruido seco, como un portazo, los alertó. Pasos rápidos por el pasillo. Ahora la que se abría de golpe era la puerta de su dormitorio universitario en Bekerley. Gritos, armas en el aire, golpes.

Todo era confusión. Su novio tirado al pie de la cama inmovilizado por dos hombres. El resto de los atacantes, dentro de los cuales había una mujer, se encargaron de ella. Sin dejarla tocar el piso la llevaron hasta un auto. La encerraron en un baúl. Luego, un corto periplo. Alguien le venda los ojos y le ata las manos. Ella lo consideró innecesario. No se le hubiera ocurrido resistirse. Más empujones, algunos golpes e insultos. Después la tiraron dentro de un placard.

A la mañana siguiente la noticia ocupó la tapa de los diarios. Patricia Campbell Hearst, nieta de William Randolph Hearst, magnate de los medios e influyente personaje norteamericano durante medio siglo, había sido secuestrada.

El caso concitó la atención pública de inmediato. Ella con su juventud, con la cara inocente que se veía en las fotos que circulaban, pasó a ser Patty Hearst.

Una organización guerrillera, el Ejército Simbionés de Liberación se atribuyó el secuestro. El comunicado, intricado y farragoso, sólo dejaba en claro que ellos tenían en su poder a la joven heredera: “Somos una entidad armónica surgida de entidades y organismos capaces de vivir en profunda y amorosa armonía, así como en compañerismo, en interés de la entidad”.

Esa era la declaración de principios. Pero luego de hablar de una “Corte que juzgó a Patty” como parte de una sociedad y representante de algo que había que erradicar, llegaban las condiciones para liberar a la joven. Por un lado le exigían a las autoridades que dejaran sin efecto la condena y prisión de dos de los miembros de la organización que estaban detenidos en la cárcel de San Quintín. Al padre de Patty, por su parte, le pedían que destinara 70 dólares por cada persona necesitada de California para que se comprara comida. El inconveniente era que esa cifra multiplicada por los indigentes de la región daba una cifra cercana a los 400 millones de dólares.

El padre de Patty decidió gastar 2 millones de dólares en alimentos. Pero al SLA (según las siglas de la agrupación en inglés) no le bastó. Exigían que en esos bolsones de comida hubiera pavo y otros productos de calidad. La distribución de los alimentos fue presentada dentro de un programa llamado “Personas Necesitadas”. Pero la entrega fue caótica, se produjeron incidentes y algunos camiones fueron saqueados. Esa fue la excusa que utilizaron los secuestradores para cortar la relación con la familia.

Las autoridades estatales ni siquiera respondieron a la exigencia de la liberación de los dos detenidos.

El caso, desde un principio, llamó la atención de la opinión pública. Mucho más cuando, dos meses después del secuestro, fue difundido un cassette grabado por Patty. Allí ella afirmaba que se había pasado a las filas del SLA, que desde ese momento formaba parte del grupo y que iba a pelear. Por último, pedía que a partir de ese momento la llamaran Tania, el nuevo nombre que utilizaría en homenaje a la argentina Tamara Bunke, que había combatido con el Che Guevara. El comunicado, previsiblemente, terminaba con la frase Patria o muerte. Venceremos.

Este movimiento generó un revuelo previsible que se incrementó cuando a las redacciones de los diarios llegó una foto de Patty, enfundada en ropas de combate, las piernas levemente flexionadas y abiertas, la mirada en el horizonte, el gesto impasible y sus manos, detalle fundamental, empuñando una ametralladora. De fondo una bandera con el símbolo del SLA, una cobra de 7 cabezas.

Lo que todavía no se sabía era que esa agrupación de guerrilla urbana, tal como se autodenominaban, que pretendía replicar las experiencias revolucionarias latinoamericanas, no era una red extendida, ni tenía miles de miembros como pretendía hacer creer. Sus integrantes apenas llegaban a la docena.

Si ya a esta altura la situación de Patty Hearst era un tema omnipresente, el siguiente paso de la historia, multiplicó exponencialmente la atención.

El 15 de abril de 1974 hubo un robo en el Hibernia Bank en San Francisco. Los ladrones se llevaron 20 mil dólares y 2 de los clientes del banco resultaron heridos por disparos de arma de fuego. Las grabaciones de las cámaras de seguridad mostraron que una de las integrantes de la banda era Patty, blandiendo un arma y manteniéndose vigilante.

En ese momento cambió el tono del tratamiento de su caso. Las condenas mediáticas se multiplicaron. El Fiscal General de California informó con tono solemne que Patty Hearst a partir de ese momento era considerada una delincuente. Su status de secuestrada era cosa del pasado. Ahora era perseguida por la justicia.

De estudiante universitaria a la lista de los más buscados en menos de dos meses.

Una ola de sugestión se apoderó de Estados Unidos. Patty era vista en supermercados, paseando en zoológicos o descansando en lugares tan disímiles como Miami, Hawai o la frontera con Canadá. Se producían allanamientos, detenciones inútiles y miles de denuncias falsas.

El 16 de mayo del 74 otra vez hubo noticias de Patty Hearst. Una pareja, los Harris, miembros del SLA, cometieron un robo en una casa de deportes. El dueño los vio y, armado, los persiguió hasta la calle, cuando los enfrentó el guerrillero quiso sacar su arma de la cintura pero se le resbaló y cayó lejos de él.

Patty que era la conductora designada, la que debía manejar el auto una vez consumado el robo, dejó su lugar y atacó al propietario robado. Disparó repetidamente contra la puerta y los ventanales del local. El hombre se tiró debajo de un auto para protegerse. Cuando la balacera se apagó, y se animó a levantarse, otra vez Patty disparó contra él.

Hearst y los Smith escaparon a pie. A las pocas cuadras pararon dos autos, les apuntaron con sus armas a los conductores, los hicieron bajar y se fugaron en esos vehículos. Pero cuando se acercaron a la guarida del SLA, a la casa que funcionaba como sede central y en la que vivían sin llamar la atención, se dieron cuenta de que algo andaba mal. Varias cuadras antes percibieron gran presencia policial.

Los tres decidieron dejar uno de los autos y en el otro se dirigieron a otra casa para refugiarse. De lo que sucedió después se enteraron al mismo tiempo que el resto de los Estados Unidos. Los canales de televisión pasaron en vivo el ataque policial a la casa. Durante horas el intercambio de disparos fue persistente. Luego, la casa empezó a arder. Los seis miembros del SLA que estaban allí murieron.

Al principio no se sabía con precisión quiénes eran los muertos. Durante algunos días se especuló con la posibilidad de que Patty hubiera estado entre las víctimas.

Sin embargo, no era así. Patty y el matrimonio Smith permanecieron prófugos casi un año y medio más. En ese lapso cometieron otros robos porque no tenían más que 50 dólares entre los tres. En uno de ellos, otra vez uno a mano armada en un banco, Smith asesinó a un cliente de un disparo. Patty, otra vez, esperaba afuera, en el auto, la llegada de sus secuaces para liderar la fuga.

Otro cassette circuló: Patty le declaraba amor eterno a uno de los fallecidos en aquella casa. “El más gentil y hermoso hombre que alguna vez conocí. Nunca ni Cujo (así lo llamaba) ni yo habíamos amado de una manera tan verdadera e intensa como esa. Nuestro amor también fue un compromiso de lucha de nuestro pueblo”.

El 15 de septiembre de 1975 la policía detuvo, por fin, a Patty Hearst. La encontraron muy delgada, algo confusa, con dificultades en el habla. Uno de los policías que la arrestó dijo que parecía una zombie.

La fascinación que provocaba su historia se extendía ahora a los detalles desconocidos de su vida en la clandestinidad. La revista Rolling Stone, por ejemplo, llevó la historia a su portada dos números consecutivos. Ambos se agotaron en tiempo récord

Luego llegó el momento del juicio. Y el gran debate. ¿Debía ser juzgada como una delincuente común? ¿Existía algún atenuante? ¿Qué había sucedido luego del secuestro? ¿Cómo se había producido su transformación?

Patty contó que estuvo maniatada y encerrada en un placard durante 57 días. Que había sido violada por dos de los hombres integrantes del SLA. Que sólo salía de su encierro para comer, pero en esas circunstancias era vendada para que no reconociera a sus captores. En esos dos meses, contó, progresivamente la fueron adoctrinando y lavándole el cerebro, hasta que la necesidad, las circunstancias del cautiverio, las vejaciones y el adoctrinamiento provocaron su cambio.

Sus abogados pretendieron introducir la figura del “lavado de cerebro”. Pero no existía jurisprudencia al respecto. Y el Síndrome de Estocolmo todavía no estaba descripto, o al menos no tenía la difusión internacional como para que fuera considerado.

En agosto de 1973, durante un robo a un banco de Estocolmo, un delincuente mantuvo a cuatro personas cautivas durante seis días. Una de las jóvenes rehenes lo defendió ante la policía. La reacción llamó la atención de los especialistas. Tiempo después el psiquiatra Nils Bejerot describió lo que hoy se conoce como Síndrome de Estocolmo.

En la actualidad, la situación de Patty hubiera sido diferente. Su evidente lugar de víctima hubiera sido respetado por los medios y ante los estrados judiciales. En ese momento se la consideró una delincuente común, como si su transformación hubiera sido voluntaria, cómo si no la hubieran privado de su libertad, o hubiera sido abusada y actuado bajo presión.

Los forenses y psiquiatras que la estudiaron encontraron que se había convertido en una mujer a la que le costaba hilvanar frases, con un pensamiento confuso, con episodios de amnesia severos respecto a su vida anterior, con un decrecimiento evidente de sus aptitudes intelectuales. No quedaban ni vestigios de la brillante alumna universitaria que había sido.

Nada de esto alcanzó. La foto posando como guerrillera, las imágenes de video de las cámaras de seguridad del banco con la ametralladora colgada, la imagen de pistolera que se había forjado en esos meses la habían condenado.

Recibió una condena severa. Pero pasó en prisión 22 meses. El presidente James Carter condonó su pena. Recién en 1991, Bill Clinton la indultó. Ella se enamoró de uno de los guardaespaldas que le puso su padre apenas salió de la prisión. Tuvieron dos hijos.

Dedicó el resto de su vida a trabajar en instituciones benéficas, publicó algunos libros de memorias contando esos años salvajes y su recuperación y se convirtió en una especie de actriz fetiche del director cinematográfico John Waters: actuó en varias de sus películas.

En la actualidad con sus 65 años trata de pasar desapercibida, trata de que se olviden esos días en que todo el mundo hablaba de ella.





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